La camarera Dulce

Le llamaban Dulce, aunque su nombre completo era Dulce María Auxiliadora. Era una camarera dominicana que trabajaba en un restaurante de comida rápida del centro de Madrid, explotada, limpiando, cocinando, fregando, quitándose de encima al encargado que se muestra excesivamente cariñoso con ella, durante diez horas al día, y cobrando seis, con todo perdido y poco por ganar. Una vida nada dulce y mucho menos auxiliada.
Salió de República dominicana huyendo de un hombre maltratador, a Madrid, la gran esperanza, ciudad dónde vivía su hermana. Pero ella encontró otro trabajo en una ciudad del sur.
Dulce se quedó porque al menos tenía aquel trabajo de mierda. Ahora comparte piso con desconocidos, con los que apenas cruza palabra. Otros perdedores a los que arrastra la vida por caminos más que difíciles...
Estaba claro, esa mañana lo haría. Bajó al metro y como siempre atestado de gente. El corazón le latía a mil, estaba a punto de explotar según se acercaba el tren y ella daba un paso más hacia al borde del andén. Y de repente, otra mujer agarró el brazo de Dulce y la echó hacia atrás, y con ese impulso la mujer se arrojó a las vías.
La visión fue horrible, gritos histéricos, algunos desmayos. Todo el mundo aturdido, alguna persona llamando al 112, confusión, alboroto.
Y ella. Ella con los ojos desorbitados y el corazón ahora casi sin pulso.
Dulce se dio media vuelta, con la cara blanca, el rostro desencajado.
Llegó a su casa, se metió en su habitación y desfallecida, como si hubiera tenido que transportar una inmensa carga a lo alto de una montaña, se dejó caer en la cama.
Se despertó desorientada, pero en seguida vino a su mente la imagen de la mujer arrojándose al tren. Corrió al baño y vomitó. Y con el vómito salió una materia negra, apestosa, espesa, enorme.
Fue una liberación. Se sintió increíblemente ligera, satisfecha.
Y decidida.
Luego abrió la ventana.
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