Madrid Orgullo
Salgo de la estación de Sol y subo por Montera. Como siempre por Madrid hay mucha gente. Por el centro y con buen tiempo es lo más normal. Pero hoy más.
Maricas. Muchos maricas. De distintas procedencias, acentos, pieles. Bastantes con maletas. Es viernes, la gente está llegando a la ciudad. Cargan con ellas entre el gentío, las hacen rodar sorteando putas, losas levantadas, y diciendo que no a repartidores de flayers de comida rápida, o compro-oro. Maricas que vienen de vacaciones. Que aprovecharán para visitar la ciudad, los museos, los restaurantes… Pero sobre todo a disfrutar.
Atraídos muchos por el evento principal, la marcha, parada o desfile del Orgullo. De multitudes celebrando, la gran fiesta, y también y mal mirado: el gran botellón. Tomar la ciudad por unas horas, hacerla suya, nuestra, como nunca es posible. Donde la gente abandona recatos y se suelta la melena (o peluca), en un moderno carnaval que deja atrás los armarios, los grises días y las restricciones de las convenciones sociales. La gran fiesta de la diversidad, del color, de la desinhibición. Hay personas a quienes esto les molesta; ellas se lo pierden.
Y por supuesto vienen a disfrutar de una libertad sexual y una falta de pudor que en muchos casos no encuentran en sus lugares de origen. Estos días hay fiestas, abiertas en discotecas o privadas, temáticas (cuero, osunas, bolleras, etc.) o generalistas; hay saunas y sex-clubes, cuartos oscuros, citas a ciegas, cancaneo al aire libre… como siempre los hay; pero estos días con muchos más visitantes.
Cruzo Gran Vía sintiéndome orgulloso, pleno y muy contento de poder vivir algo así. Subo por la calle Fuencarral. No puedo evitar que mi vista se fije en los abultados músculos de algunos, aunque se da un cliché: anchas espaldas y piernas palillo. Músculos marcados, sesión doble de ejercicios de definición durante esta semana.
Otros modelos clónicos fácilmente reconocibles: perfectos cortes de pelo inspirados en los años 20, hipster vamos (siempre me hace gracia que llamen moda ‘casual’ a conceptos estilísticos tan cuidados y precisos), con pobladas, muy pobladas barbas; pantalón corto con dobladillo o pitillo tobillero; con NB en los pies de colores por supuesto a juego, pastel (los flúores para mañana); camisetas ajustadas si tienes algo que ajustar, si no, tirantes sueltecitos… Para mirar sin ser visto, gafas de sol de pasta de colores. Porque más que la función de protección solar sirven para eso, para mirar disimuladamente. Sobre todo en un barrio como este, Chueca, donde el espacio, la barra del bar, las plazas se utilizan como miradores para ver y dejarse ver.
También me cruzo con viejas travestis que te miran a los ojos sin ningún temor, ni pudor, ni maquillaje. Ya hartas, cansadas y de vuelta de todo miran a quienes quieren mirar, sin más. Hoy visten de andarporcasa, sin purpurinas ni tiros largos. Oigo su voz grave hablando con la vecina en la entrada del portal: Ay Charo, le dice, si todo esto me hubiera pillado hace 30 años...


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