El hormigo Ramiro cruza la carretera

Para esta entrada del #retoBradbury2019 tengo una historia infantil. 
Por fin está terminada. ¡Disfruten!

El hormigo Ramiro cruza la carretera.

http://www.hormigapedia.com/navegacion-y-orientacion-en-las-hormigas/
El hormigo Ramiro caminaba muy contento al final de la fila. Era el último y no le importaba lo más mínimo puesto que llevaba una carga muy valiosa. 
Ramiro era de ese tipo de hormigas podadoras, de las que cortan hojas de ciertos árboles y los transportan hasta su hormiguero. Era un hormigo muy parecido a todas sus compañeras, aunque un poco vanidoso porque tenía un gran bigote de manillar y era el único en tenerlo.
Allí estaba él. Tan contento porque llevaba una hoja muy grande, la más grande de todas. Se sentía muy orgulloso de ello. Aunque tanta alegría y tanto orgullo no le ayudaban a sujetar la carga. La hoja era grande, grande y pesada. Y al hormigo Ramiro le costaba un poco andar con ella. Sus compañeras avanzaban dejándolo atrás, y poco a poco casi se perdieron de su vista.
Pero Ramiro no se preocupaba, sabía perfectamente como llegar hasta su casa, el hormiguero, gracias a su especial olfato, a la posición del sol y a su memoria. Ramiro estaba seguro de que llegaría a casa sin problemas.
Pero lo que no esperaba es que repentinamente se levantara un fuerte viento, tan fuerte que sopló en la hoja que portaba Ramiro y le levantó por los aires.
Fuuu. Fiuuu. Fuuu.
Ramiro se sintió aterrado
—¡Socorroooo! —gritó. 
Pero sus compañeras ya estaban lejos y ni si quiera se enteraron de lo que estaba pasando.
—¡Auxilio, ayuda! —no se cansaba de gritar. 
Nada, imposible, cada vez estaba más lejos, el viento soplaba en dirección contraria a su hormiguero y Ramiro estaba muy asustado agarrado a la hoja con todas sus fuerzas, con un miedo tremendo a caerse.
Afortunadamente, poco a poco el viento fue cesando y Ramiro y su hoja tocaron tierra. Pero esta tierra era desconocida para el hormigo. Era un bosque muy parecido al suyo, al que conocía de toda la vida, pero los detalles eran diferentes, no reconocía esos helechos, ni ese caobo… 
El susto gordo ya había pasado pero ahora Ramiro temía no saber cómo dirigirse hacia su hormiguero. Se intentó calmar frunciendo el ceño un momento, respiró profundamente y empezó a caminar. Eso sí, abandonó su hoja, la hoja de la que se sentía tan orgulloso pero que tan mal rato le había hecho pasar. Ahora su objetivo era volver a casa y no podía arriesgarse a que otra ráfaga de viento lo volviera a desviar de su camino.
Enseguida reconoció la posición del sol y su memoria le indicó más o menos desde qué dirección comenzó su vuelo.
Y hacia allí dirigió sus pasos. Para calmar un poco el miedo que sentía empezó a entonar la canción favorita de las hormigas:
“Las hormigas marchas de una en una, así, así…
Las hormigas marchan de dos en dos, así, así…”
Y esto realmente le ayudó. Estaba tan tranquilo, que sin darse cuenta, cuando llegó a…
“Las hormigas marchas de cien en cien…”

Ramiro se encontró con algo inesperado y totalmente desconocido para él. El bosque se terminó y delante de él tenía una especie de llanura por la que pasaban, siempre de lado a lado, unos seres monstruosos y gigantescos a toda velocidad. 
Lo que Ramiro no sabía es que se había encontrado con una carretera, con una autopista para más señas.
Los coches, los camiones, las motos… pasaban a toda velocidad. 
Ramiro estaba desconcertado. ¿Qué era eso?, ¿qué eran esas cosas enormes que pasaban a mil por hora? Le daba vértigo ver aquello, le mareaba. Y sobre todo le daba miedo, ¿cómo llegaría al otro lado? Porque de eso estaba seguro, quería llegar a su hormiguero y quería volver con su familia, con sus 2381 hermanas y su mamá la reina. Pero era imposible atravesar aquel lugar de locos.
Ramiro no lo pudo aguantar, se veía incapaz de solucionar su situación y se echó a llorar.
Buaaa—, lloraba desconsolado. —Buaaa.
Así estuvo un buen rato, llorando y llorando. Tanto lloró que se le mojó el bigote y se le bajaron las puntas.
Asumiendo que era imposible llegar al otro lado se dio media vuelta dispuesto a abandonar la misión.
Una tortuga que por allí pasaba lo vio tan compungido y lloroso que no pudo más que preguntar:
—¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras así?—
El hormigo Ramiro le contó toda su aventura desde el principio, cómo iba tan contento con su superhoja, cómo se levantó un viento muy fuerte, cómo lo elevó por el cielo, cómo terminó aterrizando en aquel bosque desconocido y cómo de vuelta a su hormiguero se había encontrado con aquel imposible camino para atravesar.
La tortuga escuchó atenta y, enseguida se le iluminó la cara. 
—Se me ocurre una idea—, dijo. —Yo nunca he atravesado ese camino, nunca lo necesité. Pero viendo tu situación creo que te puedo ayudar. Soy lenta pero tengo un caparazón fuerte que puede servir de ayuda. Si te subes sobre él, intentaré llevarte al otro lado.
A Ramiro le pareció una excelente idea y entre sollozos le agradeció repetidamente:
—Gracias, gracias, mil gracias, millones de gracias…
Y ahí estaban la tortuga, con su caparazón fuerte, fuerte y Ramiro encima. 
La tortuga avanzaba con su andar lento y pausado. Se acercó a la borde de la autopista y justo en ese momento pasó un gigantesco camión a tal velocidad que con el aire que levantaba a su paso lanzó a tortuga y hormigo hacia atrás con fuerza. 
—¡Ufff!— dijo la tortuga cuando se recuperó. Me temo que es demasiado arriesgado. No te puedo ayudar. 
Ramiro con cara triste dijo:
—Gracias, gracias por intentarlo.
La tortuga se alejó con pasos sosegados y su caparazón fuerte, fuerte, y Ramiro se quedó solo de nuevo.
Pero ahora sabía lo que podía hacer, pedir ayuda. 
No tardó mucho en aparecer una mangosta. 
—Hola, soy Ramiro. Me he perdido en este bosque y me gustaría llegar a mi hormiguero que está al otro lado de este… esta… —La verdad es que no tenía ni idea de cómo llamar a aquello.
—¿Te refieres a la carretera?— supuso la mangosta.
—Sí, eso, la carretera —contestó Ramiro. 
—No te preocupes —dijo la mangosta intentando tranquilizar al hormigo. —Nunca he cruzado esta carretera pero yo soy muy rápida y seguro que puedo llevarte al otro lado.
Ramiro solo podía expresar su alegría y agradecimiento:
—Gracias, te lo agradezco mucho.
El hormigo montó en el lomo de la mangosta y allí fueron.
La mangosta intentó cruzar varias veces pero no había manera. Gracias a su agilidad y rapidez retrocedía a tiempo y evitaba ser atropellada con Ramiro trepado a su lomo. Finalmente se dio por vencida.
—Lo siento mucho, no he podido ayudarte.
—No pasa nada. Gracias por ayudarme e intentarlo.
Al poco rato de irse la mangosta apareció una serpiente. Ramiro no dudó en preguntarle si le podía ayudar a cruzar la carretera.
—Por supuesto mi pequeño amigo. He cruzado esta carretera varias veces, pero siempre de noche, que es cuando apenas pasan esas horrendas máquinas.
A Ramiro se le encendieron los ojos de esperanza. Había encontrado a alguien que sí había podido pasar al otro lado, pero…
—Ays—, suspiró. —Tengo tantas ganas de llegar, echo tanto de menos a mis hermanas, que no sé si podré esperar hasta esta noche…
—Bueno… —dijo la serpiente pensativa. —Yo soy ágil y flexible, quizá pueda esquivar esas máquinas y llevarte al otro lado.
Pero tampoco pudo cruzar.
—Gracias, muchísimas gracias por intentarlo —le dijo a la serpiente.
—No te preocupes, si me esperas por aquí esta noche lo volvemos a intentar y seguro que lo conseguimos.
Ramiro seguía triste pero tenía al menos la confianza de poder pasar de noche. 
Entonces apareció un papagayo, son sus coloridas plumas y su gran pico.
Ramiro le puso a día en un periquete de toda su desventura. Y aunque podía confiar en pasar por la noche, le expresó al papagayo las ganas que tenía de llegar cuanto antes.
—Creo que yo te puedo ayudar. —Le dijo el papagayo. —De hecho creo que incluso sé dónde está tu hormiguero. La mejor manera de viajar es volando y volando evitarás la locura de la carretera.
Ramiro sentía que iba a estallar de alegría. ¡Volando! ¡Claro que sí!. De esa manera seguro que llegaría a su hormiguero sin ningún problema. 
—¡Sube!
Ramiro se agarró con todas sus fuerzas a las pequeñas plumas de la cabeza del papagayo y éste levantó el vuelo.
Ramiro pensaba que estaba lejísimos de su hormiguero pero con unos pocos aleteos el papagayo consiguió llegar a su destino. Aterrizó suavemente y hormigo le abrazó como pudo una de sus patas.
—Gracias, mil gracias, millones de gracias. Sin ti no lo habría conseguido. Has sido muy amable.
—No hay de qué pequeño hormigo. —Y se marchó volando.
Ramiro entró en su hormiguero y les contó a todas y cada una de sus hermanas la increíble aventura que había vivido aquel día. 

Y desde entonces, no quiso coger de nuevo la más grande de las hojas, no fuera que el viento se la llevara de nuevo por los aires y no pudiera volver a casa.










Comentarios

Entradas populares