Cumpleaños Feliz
Era su cumpleaños, pero Paquito no quería salir de debajo de los faldones de la mesa camilla. Era la guarida perfecta.
Su padre estaba cerca de perder la paciencia. Se soplaba el mordisco de la mano a la vez que bufaba…
Su madre se rizaba el pelo con un dedo, cada vez más rápido, y al mismo tiempo se tocaba el arañazo del brazo, y miraba de reojo a todo el mundo. Y Paquito sin salir…
—No tonemos, motenos, ¡montemos! una escena— farfullaba la madre todo preocupada.
—¡Niñooo!—, gruñendo entre dientes, el padre.
Y la casa llena de gente.
Estaban los abuelos. Y la tía Alicia, con su novio. Y los tíos del pueblo. Y los primos. Y los compañeros del colegio. Y la vecina cotilla...
La madre la miraba de soslayo. "Ya verás, pensaba, mañana seré la comidilla en el mercado..."
Todo el mundo quería felicitar al cumpleañero. Pero él se negaba a salir de la mesa.
—¡No quiero!
—Venga Paquito— decía su tía Alicia cariñosa.
—¡Que no!, ¡que no soy un chino!
—¿Pero qué dice este chico?— preguntaron varias voces.
Paquito lo tenía muy claro. Él no era chino, ni quería serlo. Había oído decir a la tía Alicia, que era maestra, y siempre tenía razón, que los chinos se tiran de las orejas en los cumpleaños para hacérselas grandes... O de que te vuelves chino cuando tiran de ellas… O algo así… ¡No le gustaba ni un pelo!
Nada más decirlo la tía Alicia se acercó a él para hacer la demostración práctica, fiuuu, disparado a la guaridamesacamillaconfaldones.
Y las abuelas raudas, al recate, como siempre, compitiendo entre ellas por el cariño de su adorado nieto.
—Venga Paquito, aquí tienes tu osito de peluche favorito, el que YO te regalé el año pasado— le tentaba su abuela Asunción.
—Mira Paquete, que empiezan los payasos de la tele, sal a verlos que a ti te gustan mucho— le intentaba convencer la abuela Mari Trini.
Y efectivamente Paquito podía oír los gritos desde la tele: “¿cómo están ustedes...?” Por un segundo estuvo tentado a salir, y a gritar el también ¡bien! Pero lo dijo bajito, muy bajito, para que no lo oyera nadie. A la vez sentía que no, que nada estaba bien. Tenía los morros largos, la barbilla pegada al pecho y el ceño fruncido.
El osito de la abuela Asunción no le importaba nada. Su favorito era el amarillo que tenía desde pequeño. Aunque en realidad ya no lo tenía. Había acabado, junto con los demás juguetes, en la basura tan sólo unos días antes. Su padre, el despistes, que confundió el bote de detergente donde guardaban los juguetes con el bote de detergente de tirar la basura. ¿Pero a quién se le ocurre tenerlos juntos en la terraza? Así que los morros más largos que un tranvía, el ceño tan fruncido que parecía que tenía una sola ceja y la barbilla pegada al pecho sobre los brazos cruzados muy fuerte.
No es de extrañar que los intentos de sus padres para sacarlo de allí acabaran con rasguños y mordiscos. Estaba superenfadado.
—No voy a salir, ¡nunca!—
—Venga Paquito— su padre sonaba autoritario —sólo queremos felicitarte y tirarte de las orejas por tu cumpleaños.
—¡Que nooo!, ¡que no soy chino!
—Y dale con la matraca… ¿Se puede saber qué le pasa a este niño con los chinos?— su padre no entendía nada.
En el barullo Jorge, el hermano pequeño, entró gateando deslizándose bajo los faldones. A Jorge, Paquito no le podía hacer nada. Era su hermanito Jorgito carapito, así lo apodaba. Llevaba pañales, gateaba por todas partes, y cuando uno se empezaba a reír el otro también empezaba, no podían parar. A él no le podía hacer nada…
Paquito le dedicó un gruñido de bienvenida a la guarida. Jorge le sonreía con su carapito, pero él volvió a bajar la cabeza. No quería caer en la tentación de reírse con su hermano. Estaba super-super-superenfadado.
Entonces Jorge se acercó poco a poco y le tiró de la oreja...
Y nada ocurrió.
En esos momentos, en el exterior, la tía Alicia explicaba:
—Creo que es culpa mía —en tono conciliador—. Le estaba contando a su madre que la tradición de tirar de las orejas en los cumpleaños procede de los chinos, que consideran las orejas largas un signo de sabiduría y longevidad. Así que tiran de ellas en cada cumpleaños para desear una larga vida llena de saber. Y cuando Paquito lo oyó y me acerqué a tirarle de las orejas salió corriendo. Creo que lo ha entendido mal.
Debajo de la mesa camilla las cosas se iban calmando. Como no pasó nada con el tirón de orejas de Jorge, a Paquito se le empezó a suavizar el gesto. Y empezó a pensar que eso de los chinos sería una tontería. Poco a poco empezaron a asomar por debajo de la falda de la mesa. Al verlos aparecer todo el mundo gritó ¡felicidades!.
Paco cambió los morros largos a una ligera sonrisa, medio encogido, dándose cuenta de la que había liado. Jorge, en cambio, se asustó un poco con el destello del flash; el novio de la tía Alicia tomó esta foto.
Al final el cumpleañero recibió besos de su tía, y de las abuelas, y de la vecina cotilla. Sus primos y los compañeros le tiraron de las orejas, cuatro veces cada uno y... nada, nada ocurrió.

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Felicidades, Don Paco!!