El tesoro más grande
El tesoro más grande
—¡Piofe, piofe, mira lo que he encontrado!
Iván tiene cuatro años, es un niño moreno, algo inquieto y todavía no sabe pronunciar bien las erres.
—Una flor muy bonita, Iván, ¿es para mí? —le pregunta su profesor.
—Nooo, dice Iván medio asustado y cierra rápidamente la mano por si acaso —es para mi mamá.
—¡Qué bien Iván!. Seguro que le va a gustar mucho. Si quieres te la puedo guardar para que no se pierda.
—No, no, no —Iván agita la cabeza, frunce el ceño y sale corriendo.
Al rato acaba el recreo y todos vuelven a las clases. Van pasando en pequeños grupos al baño con bastante alboroto. Las tazas bajas y los lavabos a escala están rodeados de pequeños y pequeñas con los pantalones a medio bajar. Por ahí van las salpicaduras de los grifos, bastante griterío y muchas risas.
Iván sigue con su flor. Se apaña como puede. Abre su mano y comprueba que sigue ahí. La que empezó siendo una diminuta flor silvestre, fresca y amarilla, anda medio pocha.
Iván no consigue abrocharse el pantalón. —Piofe, piofe, ¿me ayudas?
—Venga Iván, que tú puedes solo —le recuerda su profesor.
—No puedo —muestra su puño ocupado. Ahora solo tiene una mano disponible.
—Pero, Iván, puedes dejar la flor un momento y abrocharte tú solo.
—¡No! —dice con decisión —¡ayúdame!
El profe entiende perfectamente que para Iván soltar la flor es muy arriesgado. Para él es el tesoro más grande y si lo suelta puede desaparecer. Tiene que ayudarlo. Así que le sube el pantalón y se lo abrocha.
Tras el momento del baño a Iván le toca estar en el rincón de las construcciones. En el suelo, rodeado de algunos compañeros, cada uno un poco a lo suyo, con varios bloques delante. A Iván lo que más le gusta de las construcciones es hacer torres. Ya le salen bastante altas. En una mano mantiene bien segura su flor. Con la otra va colocando a conciencia los bloques: uno, dos, tres… el cuarto se tambalea un poco… y el quinto… el quinto... el quinto lo empuja con el puño guardatesoros muy despacio.
¡En realidad lo que más le gusta es ver cómo cae la torre! Entonces suelta un grito-carcajada, —jaaaaajaaaa —y vuelta a empezar. Concentración máxima. Uno, dos, tres, cuatro y… empujón. —Jaaaa, jaaa. —De nuevo el estallido de risa.
La siguiente vez, durante el momento de máxima concentración, Iván necesita de las dos manos para colocar bien en equilibrio las piezas de la torre. Sin darse cuenta deja la flor a un lado. Coloca la pieza e… inmediatamente advierte que soltó la flor.
¡Qué cara de susto! Iván no encuentra su tesoro, su regalo para mamá. Empieza a mover los bloques que tiene alrededor, pero enseguida rompe a llorar.
—Ahhhhhhhhh.
—¿Qué pasa? —se acerca rápidamente el profesor.
—¡Mi flor! —grita Iván.
El profesor rápidamente se da cuenta de la situación, y comienza a consolar al niño:
—Venga, no te preocupes, seguro que está cerca. Mira, ¿ves?, está bajo tu pierna.
La cara de Iván cambia por completo. Las lágrimas cesan, y coje la flor que vuelve a la caja cerrada de su puño. Seguridad y consuelo, —aysssss —que gran suspiro…
El profesor volvió a preguntar:
—¿De verdad no quieres que te la guarde?
—¡No! —tajante y llevándose el puño al pecho y cubriéndolo con la otra mano.
Ya llega el momento de salir. Toca ponerse la chaqueta, coger la mochila… y el profesor, viendo el panorama, se acerca directamente a Iván:
—Deja que te ayude. No queremos que se pierda la flor de mamá, ¿la tienes?
Iván abre la mano solo un poco, lo suficiente para comprobar que sigue ahí, ahora marrón y marchita.
Corriendo emocionado Iván llega hasta su mamá. Lo primero que le dice:
—¡Tengo un regalo para ti!
Mamá lo recibe con los brazos abiertos y le da un fuerte beso.
—Toma —Iván ofrece su tesoro.
—Oh, Iván, es muy bonita.
Y la guarda con mucho cuidado en una caja que lleva en el bolso, junto a otras flores mustias, varias piedras pequeñas, tres botones, algunos palitos y hojas secas, abalorios de colores y una cáscara de nuez.

Comentarios
Cuando tenia mi ventana llena de piedras.....